OLSEN Y LA GAVIOTA - Eric St. Clair

En una tarde calurosa, a los cinco meses de estar en la isla, Olsen aprendió a dominar el tiempo.

Una gaviota le dijo cómo.

No había nada en la isla excepto gaviotas y sus nidos —millones de ambos— y el lugar estaba cubierto de guano hasta la rodilla. Cualquier otro hombre, solo durante cinco meses, a cientos de kilómetros de las líneas marítimas, habría enloquecido.

Pero no Olsen. Carecía de lo que hace falta para volverse loco. Perseguía gaviotas a todas horas, gritándoles porque huían volando cuando querían, mientras él no podía hacerlo. Pero nunca les hablaba como quien lleva una conversación. Olsen, un hombre de pocas palabras y aun menos ideas, nada tenía que decir.

Como pasatiempo, pateaba los nidos de las gaviotas y pisoteaba los huevos. Es cierto que los huevos eran su único alimento, ¡pero cómo los detestaba! Eran feos y rancios y con gusto a pescado, y el agua de lluvia que a veces encontraba para poder tragarlos tenía gusto a guano. Había millones de huevos y los pisoteaba con gusto.

En esta tarde especial Olsen pisoteaba huevos vociferando una cancioncilla que había inventado, «¡Tromp, tromp, tromp!», y estaba de huevos hasta las rodillas. No estaba ni triste ni alegre al hacerlo; sólo pisoteaba y berreaba porque le parecía que eso era lo que había que hacer.

Una gaviota gris descendió, llegó a tierra caminó delicadamente hacia él sobre sus lindas patitas rosadas.

—Olsen —dijo la gaviota.

El berrido de Olsen se apagó. Su pisoteo se detuvo. Su boca quedó abierta.

—¿Uh? —dijo—. ¿Ah? —ahora me he vuelto loco.

—Es probable que sí —contestó la gaviota—. Pero ya puedes reponerte, Olsen. Me propongo hacerte un favor.

La mente de Olsen, que nunca fue muy rápida, se quedó paralizada.

—Eres un buen tipo, Olsen —continuó la gaviota— y todos tenemos muy buena opinión de ti, pero ¿no podrías ser más cuidadoso con nuestros nidos?

La gaviota miró las piernas de Olsen, sucias de huevo, con alguna expresión: siendo como son las caras de las gaviotas, era difícil imaginar qué estaría pensando.

—Bueno, vaya —dijo Olsen, defendiéndose—. Si tú…

—Lo que necesitas —agregó la gaviota— es algo que distraiga tu atención para no dañar nuestros nidos. Un entretenimiento completo…

—¡Teatro de variedades! —suspiró Olsen beatíficamente.

—Eso no —replicó la gaviota—. Pensaba en algo diferente. Ahora observa —dijo sacando de bajo del ala un largo cordel fuerte—, con este cordel (y la antigua sabiduría que te voy a trasladar) puedes construir una cuna de gato que provocará a la tormenta, o la aquietará, cuando tú lo quieras. Puedes manejar el tiempo. ¡Vaya! —comentó la gaviota—. ¿No sería divertido?

—Supongo —dijo Olsen—. Pero…

—¡El poder, Olsen! ¡Piensa en eso! —gritó sonoramente la gaviota—. ¡La grandeza de la tormenta primitiva! ¡El rugido de los mares encrespados que puedes provocar! ¡El tifón gritando, las sábanas de lluvia, los relámpagos dentados, el estruendo de la tormenta, y a tu disposición, Olsen!

—¿Sin chicas que se desnuden? ¿Sin bailarinas de abanico? —preguntó Olsen.

Sin molestarse en contestar a eso, la gaviota procedió a enseñar a Olsen el arte de construir una cuna de gato que obligaría al tiempo a obedecer sus menores caprichos.

Y Olsen lo encontró interesante. Probó con un tifón, con un turbión de agua, con…, pero la mente de Olsen era muy limitada. Su menor capricho era ciertamente menor. Probó y probó, hasta que a los tres días pensó en hacer los fuegos de San Telmo con su cuna de gato. Entonces se le acabaron las ideas.

Las gaviotas, entretanto, habían estado reparando nidos y poniendo nuevos huevos. No tuvieron mucho tiempo para eso, sin embargo, cuando Olsen ya se había aburrido del tiempo. Una tormenta se parece mucho a la otra, especialmente cuando un tipo aburrido como Olsen las dirige; un poco de lluvia, algo de viento, ¿qué tiene eso de maravilloso?

Había estado comiendo huevos, cosa que las gaviotas no objetaron, pero ahora que las tormentas habían perdido su encanto, Olsen notó de nuevo el mal gusto que tenían. ¡Uy!

Berreando el canto que había inventado, «¡Tromp, tromp, tromp!», Olsen pateó nidos a derecha e izquierda y destrozó muchos huevos estupendos.

—¡Olsen! —dijo la gaviota gris—. ¡Oh, Olsen!

—¡Tromp, tromp, íromp!

—¡Deja de hacer eso!

La forma en que la gaviota lo dijo le hizo detenerse.

—Realmente, Olsen —continuó la gaviota—, no te comprendo. Estás en una isla paradisíaca, con el poder de un dios sobre el tiempo, un clima espléndido, mucho alimento bueno y nutritivo…

—¡Alimento! —gritó Olsen. Tomó un nido con huevos—. ¡Huevos horribles y hediondos! —Arrojó el nido a las rocas cubiertas de guano que había a sus pies—. ¡Al diablo con esos huevos!

La gaviota miró a Olsen con franco asombro.

—¿Quieres decir —preguntó lentamente— que no te gustan nuestros huevos?

Olsen simplemente escupió sobre el nido que había destrozado.

—Si es alimento lo que quieres —continuó la gaviota reflexivamente— dame ese cordel.

Olsen se lo dio, aplastando el resto de un | huevo con el pie.

—Me sorprende —dijo la gaviota—, pues a nosotros nos gustan nuestros huevos.

Olsen estaba horrorizado.

—¿Vosotros coméis vuestros propios huevos?

—A veces, sí.

Plácidamente, delicadamente, la gaviota trabajó con su pico y sus garras, Una cuna de gato, realmente maravillosa, tomó forma.

—¡Caníbales! —gritó Olsen.

—Oh, bobadas —replicó la gaviota—. Anímate, Olsen. Presta atención.

Abrió la nueva cuna de gato, ya terminada.

—Con este Molde de Deseos (que te enseñaré a hacer), puedes ordenar al mar que te entregue cualquier manjar que tú desees. Por ejemplo, así.

Inmediatamente, el mar se dividió ante ellos. Un pequeño y fuerte cofre de roble rodó hasta los pies de Olsen.

—¿Para mí? —preguntó Olsen.

La gaviota asintió. Rebosante de alegría, Olsen tomó una piedra. Comenzó a golpear el recipiente.

Sin embargo, el cofre resultó contener lo que parecía una mezcla de arena, gusanos y diversos pescados, y todo en un estado de avanzada descomposición.

—¡Uy! —se quejó Olsen, repeliendo el olor.

—Pero, por Dios, Olsen —comentó la gaviota con impaciencia—, ¿no hay nada que te guste?

Picoteó con gusto lo que había dentro del cofre, dejando oír pequeños ruidos de placer.

—Tus gustos tan peculiares están más allá de mi comprensión —dijo la gaviota al rato—. Debes formular tus propias órdenes al mar. Te mostraré cómo.

Olsen hubiera querido formular algunos comentarios sobre la dieta alimenticia de las gaviotas, pero las palabras (como de costumbre) le fallaron. En lugar de eso, se dejó enseñar la construcción de una cuna de gato como Molde de Deseos.

Y entonces, cualquier delicioso alimento que pudiera desear Olsen le sería traído por el mar. Frunció el ceño, mientras su mente se revolvía suavemente… qué podría pedir… qué quería…

Esta vez, las gaviotas tuvieron como una semana de paz. Repararon los viejos nidos, construyeron otros, pusieron un millar de huevos.

El período feliz terminó, sin embargo, por el mismo motivo que antes: Olsen carecía de imaginación.

El Molde de Deseos funcionaba como la gaviota dijo que lo haría. Olsen consiguió su galleta y su cerdo salado y su sorbete de pina y su barril de ron y se dispuso para la orgía. Masticó la galleta y atacó al cerdo y empinó el sorbete y se llenó de ron.

Pero el cerdo salado estaba demasiado salado. La galleta le hizo doler la nuca cuando quiso masticarla. El sorbete se derritió y derramó. Sólo el ron llegó a destino, pero ni siquiera un montón de ron podía dar a Olsen otras ideas sobre comida que aquellas a las que estaba acostumbrado. Galleta, cerdo y pina eran todo lo que pensó pedir y todo lo que obtuvo. Más el ron, desde luego.

Así que, cuando terminó la semana, Olsen estaba de vuelta en lo suyo, pateando nidos, pisoteando huevos, cantando su «¡Tromp, tromp, tromp!» Igual que en los viejos tiempos, sólo que el ron se agregaba ahora al hedor de la destrucción.

—¡Olsen! —gritó la gaviota casi con desesperación—. ¡Mi buen Olsen!

Olsen levantó un huevo. Miró a la gaviota.

—¡Por favor! —pidió la gaviota, preparándose para escabullirse—. ¿No has pensado en las cosas tan bellas que el mar podría traerte?

—¡Un montón de gusanos podridos! —gritó Olsen. Arrojó el huevo, pero le erró por mucho, a causa del ron que tenía dentro.

—¡Olsen, querido! —se quejó la gaviota, como sólo las gaviotas pueden quejarse cuando se sienten mal—. ¡Mi orgullo! ¡Mi alegría! ¡Mi gran amigo! ¿No hay algo… algo… no sé bien lo que quieres… tú lo sabes? ¡Dímelo! ¡Cualquier cosa para que no aplastes nuestros huevos! ¿Qué, oh, qué es lo que quieres?

Olsen se detuvo como hipnotizado por la mirada seria de la gaviota. Después de casi un minuto, una sonrisa se apoderó de su rostro.

—Mujeres —dijo.

—Bien —contestó la gaviota—. El amor de una buena mujer.

Olsen asintió ansiosamente, a medida que se dejaba atrapar por la idea. El amor de una buena mujer… Pensó en las buenas mujeres que recorrían las calles de Buenos Aires, de Marsella, de Singapur. Suspiró ruidosamente y el ron en su cabeza empezó a girar y a girar.

—Lo lamento, Olsen —dijo la gaviota—. Realmente, yo…, pero, ¿cómo puedo conseguir una mujer para ti, sacándola del mar?

—¡Fácil! —gritó Olsen—. ¡Así…! —Con dos dedos en la boca, lanzó un tremendo silbido. Y miró ante sí, porque realmente esperaba que una mujer acudiera en respuesta. Cinco meses sin otra compañía que las gaviotas habían hecho algunos cambios en la mente de Olsen.

Asustada por el silbido, la gaviota tembló.

—No hagas eso. Pero te mostraré cómo hacer una Línea de Sirenas. ¿Serviría una sirena, una adorable, adorable sirena? —Con ese tono halagador habló la gaviota.

—¡Sirenas! —despreció Olsen—. Medio pez, medio mujer. Pero, ¿cómo podría yo…?

La voz de Olsen se esfumó mientras fruncía el ceño, tratando de pensar.

—Oye —dijo poco después—. ¿Podría atrapar una como yo la quiera?

—Podrías —contestó la gaviota—. Será exactamente lo que tú pidas… tan hermosa… ¡y te amará tanto, Olsen!

Sonriendo, Olsen devolvió el Molde de Deseos y la gaviota lo desarmó.

—Observa —dijo la gaviota—. Arriba y abajo. Ahora se pasa el extremo a través del lazo, así… Entonces…

Con la lengua en la mejilla, Olsen seguía los movimientos de las rosadas patas de la gaviota.

Después de un par de intentos, no más que eso, Olsen lo tuvo claro (era un marinero; aun nadando en ron, comprendía un trabajo de nudos).

—Ahora —dijo la gaviota—, tira un extremo al mar.

Primero, sin embargo, Olsen ató el cordel alrededor de su muñeca.

—Pero —observó la gaviota—, ¿qué pasa si…?

—No corro el riesgo de que ella se lo lleve —dijo Olsen, y tiró la otra punta al mar. Era una complicada línea de tres metros.

Casi inmediatamente el cordel temblequeó. Olsen había atrapado su sirena. No había necesidad, sin embargo, de jalar. Gustosamente emergió de la espuma; voluntariamente corrió hacia él. La adoración flotaba húmedamente en sus grandes ojos verdiazules.

Olsen echó la cabeza hacia atrás y gritó con horror.

Con su boca, la sirena atrapó el cordel justo hasta el nudo que envolvía la muñeca de Olsen, Tiró con impaciencia. Ella debía volver al mar inmediatamente; aquella sirena no podía vivir en tierra.

Sin dejar de gritar, Olsen resistió. Pero el ron daba vueltas en su cabeza y sus rodillas se doblaron. Se recuperó y tiró desesperadamente, para resistir el tirón de la sirena. El cordel entre ellos vibró con la tensión… y de repente se partió.

Olsen retrocedió sin quererlo y cayó de lleno sobre un montón de guano que había detrás de él. La sirena se introdujo de nuevo en el mar. Sus piernas se agitaron brevemente sobre el agua antes de hundirse.

La sirena cumplía perfectamente las especificaciones de Olsen. Una mitad era una chica hermosa (las piernas doradas que ahora había entrevisto eran una delicia; las caderas redondas y jóvenes eran una promesa y un tesoro) y la otra mitad era un pez, de la cintura para arriba: un pez desagradable, como una carpa de gran tamaño o como un gran arenque.

Pero ahora la parte del pez estaba bajo el agua, fuera de la vista; sólo esas piernas adorables se asomaron por un momento, y después se fueron.

La mente de Olsen era lenta, pero sus instintos trabajaban en buen orden.

—¡Espera! —gritó, y se tiró de cabeza hacia las piernas, dentro del mar. Pero las piernas se habían ido. No, allí estaban, mucho más lejos. Él flotó hacia ellas. Una ola lo atrapó; se revolvió en el agua amarga, y eso casi lo serenó. Ahí estaban otra vez las piernas, aunque ahora en otra dirección. El instinto triunfó sobre la razón. Olsen chapoteó y luchó hacia ellas. Una ola le pegó de lleno en la cabeza, pero emergió sin daño.

Y ahora, de pronto, no había ya fondo bajo los pies de Olsen, y pudo sentir una corriente que lo arrastraba hacia el mar. Un nuevo instinto, el de conservación, habló. «Debes nadar, Olsen», aconsejaba, pero Olsen, desde luego, no sabía nadar. Las piernas doradas aparecieron delante de él como un relámpago y luego desaparecieron.

Y algo debajo del agua le asía el tobillo, amorosa y suavemente. Olsen comenzó a gritar otra vez, mientras se sentía arrastrado hacia abajo, suave amorosa, pero muy firmemente. Cuando dejó de gritar, salieron burbujas. Después las burbujas flotaron.

La gaviota había contemplado todo esto con gran interés.

—¡Qué notables costumbres para el apareamiento! —comentó, aunque para nadie en particular—. Olsen es ciertamente un tipo especial.

Después se olvidó de Olsen y comenzó a buscar astillas para arreglar el nido.



Eric St. Clair