LA PAPELERA - Jack Ritchie

Yo estaba repasando los libros de Spencer cuando bajé la vista hacia la papelera que había junto a mi escritorio. En su fondo, sobre unos cuantos papeles arrugados, reposaba una cabeza, tenía los ojos entreabiertos y me miraban con fijeza.
Obligué a mi vista a volverse hacia el escritorio.
Escudriñé la oficina con el mayor disimulo posible. Era una espaciosa estancia sin particiones, que contenía unas veinte mesas. Todo el mundo pareció muy atareado. Nadie dio señales de estar observándome.
Sumé una columna de cifras muy despacio.
¿Se habrían puesto todos de acuerdo? ¿Estarían esperando mi reacción…, o sólo sería Hager?
Aunque no había terminado de sumar la columna, di vuelta a la hoja para tener la oportunidad de levantar la vista otra vez.
Hager se hallaba sentado ante su mesa, repasando, aparentemente, unos conocimientos de embarque…, o fingiendo hacerlo.
¿Qué esperaría de mí? ¿Que gritara y me desmayase cuando viera la cabeza en mi papelera?
Sí, era lo más seguro; lo mismo había ocurrido la semana anterior cuando abrí el cajón de mi mesa y vi aquel brazo cercenado.
El brazo era de cera, claro está; un modelo de brazo cortado, esculpido en cera con mucho arte.
Hager había llegado a la empresa tres meses antes, y entonces se desencadenó una epidemia de «bromas pesadas»…, el zumbador en la palma de la mano, la flor escupiendo líquido, el cigarro explosivo.
Transcurrieron varias semanas antes de que se fijara en mí como una de sus víctimas. Quizá yo le pasara inadvertido al principio, dado que, por lo general, se me caracteriza como una persona gris. Yo realizo mi trabajo en silencio y lo abandono de la misma forma al concluir la jornada.
Tengo poco más de cincuenta años y estoy empleado en Black & Black desde hace treinta sin faltar ni un solo día, excepto para asistir al funeral de mi padre.
Examiné la papelera con atención otra vez. Sí, claro, una cabeza de cera; y a decir verdad, no muy real…, sin color en las mejillas. Ahora bien, quizás ése era el aspecto que se suponía había de tener…, desprovista de sangre.
La cabeza me pareció extrañamente familiar, pero necesité algunos minutos para su identificación. ¡Claro! Se había querido representar la cabeza de Bronson, el conserje. Sin embargo, no existía mucho parecido, pensé; el rostro resultaba demasiado flaco y el pelo más hirsuto.
¿Qué iba yo a hacer al respecto? ¿Ignorar la cabeza durante días? ¿Vaciar mi papelera y pretender que no había visto nada?
Cuando me di cuenta, observé que estaba sonriendo al imaginar la cara de Bronson en el momento de vaciar las papeleras, al término de la jornada, y viera su propia cabeza rodando por el suelo.
¿No sería mejor que me levantase ahora tranquilamente y vaciara mi papelera sobre la mesa de Hager diciendo algo así como «creo que esta cabeza te pertenece»?
Sí, eso resultaría muy satisfactorio. Por desgracia, me fue imposible hacerlo. Demasiado exhibicionismo para mi carácter.
Los ojos se me fueron otra vez hacia la cabeza. Sí, era artificial. Se veía incluso que las gotas de sangre en la papelera eran puros remedos…, parduscas y no rojas.
Sentí una vaga inquietud: ¿Es que la sangre auténtica se volvía de color pardo al estar expuesta al aire?
Noté cierta humedad en las manos.
Desde luego, aquella idea era ridicula, completamente ridicula, pero ¿y si supusiéramos que era real la cabeza que había dentro de mi papelera? ¿Quizá no parecía de cera una cabeza humana al haber quedado desangrada?
Ahora bien, sería absolutamente demencial pensar que alguien hubiera puesto una cabeza humana dentro de mi papelera. ¿Cómo habría podido Hager hacer algo semejante? Era inconcebible que el hombre hubiera atravesado tan tranquilo la atestada oficina con una cabeza humana goteando sangre.
Mas supongamos que primero él hubiese dejado que se desangrara. Supongamos que después la metiera en una bolsa de papel o en cualquier otro recipiente grande. Y supongamos que, por último, la depositara en mi papelera esa mañana, antes de las ocho, cuando aún no había llegado nadie a la oficina.
Y además, si fuera una cabeza humana de verdad, ya no se trataría de una broma pesada. ¡Sería un asesinato!
Me enjugué el sudor de la frente con un pañuelo.
¿Para qué querría nadie asesinar al conserje? ¿Por qué tomarse la penosa molestia de cercenarle la cabeza y meterla dentro de mi papelera? La respuesta me pareció tan evidente que me hizo daño.
Si la cabeza de Bronson se encontrara dentro de mi papelera, todo el mundo, incluida la policía, me tomaría por un asesino. Con toda seguridad, mis huellas dactilares aparecerían en los arrugados papeles que servían de lecho a la cabeza.
Sin embargo, ¿qué móvil podría yo tener para perpetrar semejante crimen? No recordaba haber hablado con Bronson en mi vida. Quizá le hubiese saludado alguna vez con la cabeza al pasar, pero eso era todo.
Observé que el botones había iniciado su paseo rutinario de escritorio en escritorio para recoger el correo saliente de la mañana. En unos momentos se encontraría ante mi mesa.
El pánico casi me dominó, pero entonces vi mi cartera apoyada contra mi escritorio. Rápidamente la puse sobre la papelera.
El botones llegó silbando a mi mesa, recogió las tres cartas que había en la bandeja y prosiguió su marcha.
Hice una inspiración profunda.
Aquello era demencial. La cabeza tenía que ser de cera.
Todo lo que debía hacer era alargar la mano hacia la papelera y tocarla para convencerme de…
Pero… ¿y si no fuese de cera? Supongamos que realmente se tratara de la cabeza del conserje.
Me acerqué al refrigerador de agua y engullí dos aspirinas.
¿Cómo habría de creer la policía que yo había asesinado a Bronson? Desde luego yo no tenía motivo alguno… Pero ¿acaso se necesitaba un motivo para cometer un crimen semejante?
Una cosa era matar a Bronson, y otra muy distinta decapitarle y depositar su cabeza en mi papelera. Se trataba de la obra de un loco y los locos no necesitaban tener ningún motivo.
Con talante sombrío imaginé las especulaciones de los psiquiatras y psicólogos al servicio del Estado. El carácter ordenado y constante en que mi fortaleza y estabilidad se basaban, sería conceptuado como un cúmulo de represiones.
Yo hacía una vida muy tranquila. No tenía aficiones, ni amigos íntimos. Nunca me había casado y vivía con dos hermanas solteronas y una madre viuda. Segaba el césped con regularidad. Me levantaba a la misma hora cada mañana y me acostaba cada noche a la misma hora. No bebía. No fumaba. Jamás había faltado al trabajo ni un solo día, salvo el de aquel funeral.
¿Acaso ellos no extraerían consecuencias de todo eso también?
Tanto si la cabeza era de cera como si no, yo tendría que deshacerme de ella inmediatamente. Pero ¿cómo? ¿Cogiendo la papelera y saliendo con la cabeza dentro como si nada?
No. Si se tratase de una cabeza real, el asesino no permitiría que me librase de ella así como así. Después de todo, él se había esforzado lo suyo para colocarla en mi papelera.
¿Tropezaría «por casualidad» conmigo para tirarme la papelera de las manos cuando yo pasara haciendo que la cabeza rodara por el suelo?
Necesitaría una caja. Ahí estaba el quid. Cuando tuviese la certeza de que nadie me observaba, vaciaría rápidamente la papelera en la caja, me la pondría bajo el brazo y abandonaría la oficina simulando que me dirigía a la sala de correos para su embalaje pero, en vez de eso, la echaría en el incinerador.
Salí al pasillo y lo recorrí hasta la puerta que había en el extremo más distante. La abrí y pasé adentro. El almacén estaba en penumbra y tranquilo. Resultaba evidente que no había nadie allí en aquel momento. Me encaminé hacia una mesa llena de cajas, aparentemente vacías, en el rincón más distante del recinto. Me detuve. Vi los zapatos negros, los pantalones del uniforme gris oscuro, la…
El cuerpo no tenía cabeza…, y a su lado aparecía un largo cuchillo ensangrentado.
Oí pisadas en el corredor y vislumbré la silueta perfilándose contra el cristal opaco. El picaporte giró y la puerta se abrió. Era Reilly, el gerente de la oficina. Cerró la puerta tras de sí.
Una vez junto a mi mesa, fruncí el ceño. ¿Qué había estado yo haciendo en los últimos minutos? Esas neuralgias mías comenzaban a trastornarme la memoria.
Miss Grinnel se acercó a mí con algunos papeles.
Bajó la vista hacia la papelera y vio las dos cabezas, una junto a otra…, la de Bronson y la de Reilly.
Sus ojos se desorbitaron.
Suspiré. ¿Por qué siempre trataban de gritar?
Busqué el cuchillo en el cajón del fondo de mi escritorio y lo utilicé aquella mañana por tercera vez.